jueves, 4 de junio de 2009

Nueva York. Lunes 24 Julio de 1933.


pie de foto: Vista del H. Amherst desde el lago de Central Park, foto personal.


Lunes 24 Julio de 1933.
Hoy ha sido el gran día. No puedo decir que hay salido a pedir de boca, me temo.

Me recibieron a las 9’30 en la oficina del Hotel Amherst que tenían habilitada al efecto. La recepcionista del hotel me dijo que era la primera ¡y única mujer de toda la lista! Al principio le extrañó un poco, pero pronto me gané su simpatía. Creo que tengo una nueva aliada en esta cruzada.

En la sala de espera aguardaban un par de candidatos más. Un inglés apellidado Spellman, que persigue una plaza como arqueólogo y que me confesó también tenía nociones como montañero y guía. No hablamos mucho. Se mostró cortés pero algo frío. Supongo que le puede su carácter británico. También un norteamericano de nueva Inglaterra, muy simpático, de nombre Robert Stuard que no recuerdo bien si me dijo que aspiraba a una de las plazas de geólogo, aunque parecía mucho más interesado en un flirteo que apenas si disimulaba. No tuve que esperar mucho tiempo, Spellman entró antes que yo. Stuard, en el tiempo que duró la entrevista del inglés, me dejó muy claro que le apetecía mucho tenerme de compañera de viaje. Por sus miradas, imagino que no mentía.
La entrevista con Spellman duró poco, no sé si eso era buena o mala señal.
Entré en la lujosa suite del Amherst y al fin tuve delante al conocido Coronel James Starkweather y al prestigioso Geólogo William Moore, patrocinadores de la expedición.

El doctor Moore es un encanto, o al menos esa ha sido la impresión porque no dijo palabra en toda la entrevista… Fue el “coronel” quien tomó las riendas en todo momento… Y justo lo que me imaginaba, Starkweather es un redomado idiota, pedante y soberbio incluso en los gestos. Es de esos militares retirados que trata a todo el mundo como si fueran reclutas y en mi caso, como si fuese su hija de 13 años. Odio ese tono paternalista en un hombre.
Con su actitud me ha dejado claro desde el principio que no le gusto, el que sea mujer no le gusta. Estoy segura que si mi currículo fuera el de un hombre, ahora mismo estaríamos fumando habanos. Lo sé, porque a pesar de todo les he visto tremendamente sorprendidos con la calidad de mi trabajo y con la información de primera mano que manejaba. Desde luego no esperaban a una reportera de guerra. Supongo que pensarían de mí que no habría hecho nada más peligroso que cubrir alguna cita social en algún club femenino. Tendría que haber fotografiado sus caras cuando mencioné las “Montañas de la Locura” de Dyer o los avances técnicos en el prototipo de Peabody… los ojos se le iban a salir de sus cuencas. Sin mencionar, claro está, la satisfacción de ambos cuando les he demostrado estar más que al día de sus propios trabajos.

Desde luego, estoy segura que si fuese por el Doctor Moore, no entrevistarían a más periodistas… pero me ha tocado roer el hueso de Starkweather.
Su tono no me deja demasiadas esperanzas, de hecho parece evidente que no tengo ningunas, cosa que me enfurece; pues les he demostrado con claridad que tengo un perfil más que sobresaliente ¡y ni siquiera tienen aún otros candidatos periodistas con los que compararme! Starkwather me descarta por ser mujer, esa es la única razón, tal y como Melvin me aseguró.
Me ha dejado caer que no esperaba ninguna candidata femenina y que las condiciones de viaje no le parecen las más adecuadas para una dama. Lo cierto es que no sé qué me enfurece más, si saberme descartada a priori sin ninguna razón objetiva de peso o qué él haga de ese desplante una “razón cortés”. Parece querer decirme entre líneas: “si es por tu bien, hija mía”.

Al final ha tratado de enmendar el asunto (a su manera, claro) concediéndome una entrevista personal en exclusiva mañana en el Richmond High. Lo que oís… prácticamente me descarta de la expedición por ser una chica pero me invita a cenar en uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad. Dios, lo que hay que aguantar. ¿Se supone que tengo que estar agradecida? Voy a tener el enorme privilegio de cenar con un simio arrogante y tenerle todo para mí durante dos horas. El tiempo se me va a pasar sin darme cuenta (¿perciben la ironía?)
Me pregunto… ¿Hubiera invitado a cenar a un hombre? ¿Le hubiese dicho con la mirada, como a mí, eso de: está usted descartado y si el cielo se viniera sobre mis hombros en este momento y que usted consiguiese esa plaza fuese lo único que pudiera salvarme, iría pensando sin dudarlo en el epitafio… pero tiene unos ojos preciosos y le compensaré cenando con usted?
Estoy segura que no… Ser mujer tiene este extraño tipo de contradicciones. Los hombres no están dispuestos a ver tu trabajo como el de una profesional, pero no pueden permitir que una cene sola.
Asistiré a esa cena, desde luego y le haré esa entrevista, faltaría más. Ese hombre no sabe con qué tipo de mujer está jugando. Desde luego, no soy como niñas cursi de papá a las que suele impresionar con sus modales de augusto militar inglés.
Starkweather quiere a un hombre… y creo que lo tendrá, después de todo… y sé quien estará dispuesta a ayudarme en esto.

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